26 noviembre 2007

Elogio de los alumnos (Enrique García Máiquez)

De Enrique García Máiquez, en su blog, en un diario, vía Libro de Notas.
En noviembre, mes de los difuntos, resucita mi amor por la enseñanza. No es tan, tan milagroso porque doy clase en Formación Profesional, una isla habitable en el océano del fracaso escolar. Aún así, los dos meses anteriores, entre el papeleo iniciático, la puesta a punto de horarios y el suspense por cómo saldrán los cursos, nunca estoy muy eufórico.

Lo peor es el suspense. Al principio, esperando que las apariencias engañen, contemplo atónito a un alumnado anónimo que me examina a mí. Hay peinados que ponen los pelos de punta, piercings penetrantes, tatuajes inolvidables, carpetas con fotografías y dibujos como para susurrar: “Vade retro!”. Y qué pensarán ellos de mi triste curva de la felicidad o de la camisa a rayas. Esos momentos de estudio recíproco son los más graves y gélidos de todo el curso.

Hasta que al fin sonríen y es que el hielo ha hecho crac. Empieza lo que los pedagogos llaman proceso de enseñanza-aprendizaje, en el cual enseño unos temarios y aprendo más de lo que doy. Resulta emocionante verlos individualizarse, a ellas —por razones obvias— primero, luego a ellos, poco a poco emergiendo, casi siempre para bien, de la masa gris y compacta, hasta que cada uno es cada cual, con su nombre —porque ya me lo sé— y su historia, sus problemas y sus ilusiones.

Me asalta entonces una nueva crisis, ahora de entusiasmo. La tentación es dejar medio aparcados los contenidos de mis módulos socioeconómicos (con perdón, que así se llaman) y darles buenos consejos de cultura general y filosofía práctica. Explicarles con mis palabras o con las del poema “Fin de curso” de Víctor Botas, que, aunque lo lógico es que de las aulas salgan preparados para la ganancia de un dinero, uno quisiera dejarles también con la mente bien despierta para las cosas que de verdad importan en la vida.

Pero soy funcionario. Debo vencerme y ceñirme a la programación y a los objetivos, que es para lo que me pagan. Lo hago sabiendo que no es del todo equitativo, pues los alumnos, a cambio de esos contenidos mínimos prescritos en un Decreto-Ley, me recuerdan que el sentido común —diga lo que diga el dichoso aforismo— es bastante común, y me inoculan esperanza, que falta me hace, y me animan a protestar, aquí mismo, en el periódico, o en otras partes, porque a gente así de buena se le presenten sólo modelos sociales utilitaristas y tristísimos.

Llegarán otras crisis, las navidades, los exámenes y los nervios del final de curso, como es natural, y tanto ellos como yo haremos lo que podamos, que será suficiente. Cuando se vayan, tan contentos, y yo me quede, melancólico, no seremos exactamente los mismos.
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