28 octubre 2015

¿pérdida de stakeholders y ganancia de engagement?

El falso dilema entre la cantidad y la calidad (tan marxiano) lo he anotado en otros textos sobre la calidad de la comunicación en influenciadores o por la extensión y las formas de la comunicación de organizaciones. En los próximos cuatro párrafos propongo una síntesis de la  evolución de la comunidad al/os público/s y la recuperación digital de las tribus. 

Necesito me confirméis si los oyentes de historias en una cueva -o junto al fuego, en una sabana- se llaman con propiedad público. Los llaman oyentes Teofrasto y los relatores de las conversaciones de Aristóteles sobre retórica. En aquel momento de cambio a la transcripción del discurso, el oído sigue siendo más considerado que la vista cuando se toman y publican notas. Aunque el orador tenía que ser showman y seguro que cautivaba con muecas y gestos. Pero lo que nos queda en los escritos sobre todo es que la retórica habla al oído.
Si nos fiamos por estas técnicas de comunicación más antiguas el auditorio tampoco es grande; no se hablaba con "el buen decir" a todo el mundo. Sobre todo son oyentes los libres y los ancianos que reconocen y que deciden. No hay mujeres ni generaciones sociales de otras condiciones o edades. Los indicadores de comunicación son sencillos: opinión masculina pudiente = opinión pública. Con la escritura, la tribu oyente se decanta durante siglos como público oligocrático con voz y grupo propio.

Dionisio moderno, Denis Diderot
El público es, en su parte difundida por los textos, un efecto de la industria de la comunicación. Aparecen los ciudadanos, los componentes del público, desde los siglos en que muchos más pasamos a consumir y votar. La modernidad convierte en públicos a los varones urbanitas y luego, poco a poco, va extendiendo la ciudadanía.
Los públicos son los medios de comunicación, lo que define su valor publicitario, el poder y el negocio que cada industria comunicativa ha alcanzado. Desde la época del libro, la industria cultural y del entretenimiento se dedica a construir y cuidar de unos  públicos. Hoy hemos resumido como analítica de la industria retórica unos cuantos indicadores que representan y visualizan las audiencias masivas y todavía pagamos por estudios de audiencia para saber cuántos son.

Desde el tamaño y la extensión moderna de una única audiencia, como rasgo básico del público, evolucionamos ya en el sigo XX hasta la segmentación y la diversificación. Pasamos a ser contados más de una vez, en segmentos  o columnas distintas cuando las organizaciones se dan cuenta de que no sólo pueden seguir operando y viviendo con los clientes y los empleados (o los partidarios y los votantes). 
Los medios empezaron a hablar de los públicos, al distinguir discursos para más de un grupo de interés. Detrás de la industria cultural contemporánea están organizaciones que necesitan conectar e informar con otros públicos. Para la supervivencia de las organizaciones se amplia el mapa de públicos, al menos hasta los stakeholders afines, esos grupos de intereses coincidentes con la organización y no abiertamente críticos. 
En la decadencia de medios generalistas, las webs corporativas destacan una orientación preferente a sus voluntarios, empleados, accionistas.... Incluyendo alguna sección o sala de prensa para periodistas, visitantes ocasionales y demás grupos de interés más fugaz o menor. 
Con la transformación del discurso al público objetivo al discurso según el grupo de interés hay una diferencia en el lectorado que también fragmenta los tres tipos de discurso de los hablaban los retóricos. En el escenario de la comunicación se pueden oír simultáneamente bastantes más discursos enfrentados. Y aunque destaque el discurso más sonoro o el dominante, quedan facciones con su propia y distintiva opinión pública, por minoritaria que sea. La publicidad digital mantiene la inversión de grandes marcas, pero también hay oportunidades y espacios para nuevos actores tecnológicos y sociales. Sin embargo seguimos en territorio tardomoderno cuando mantenemos objetivos, para la web o el blog de seguidores, de tráfico, de páginas vistas. No dejan de ser pobres sustitutos digitales de aquellas audiencias que pretendían los medios de comunicación que en estas décadas se nos van.
Los medios de comunicación digitalizados han sufrido una "fragmentación publicística": se dirigen a un menor "público objetivo" de sus dardos publicitarios y de sus artículos periodísticos. La revolución digital en las décadas de las redes sociales nos devuelve a un panorama más parecido a las tribus y comunidades antiguas. Como la comunicación grupal más artesanal anterior a la escritura y previa a los imperios. Más discursos y más opiniones publicadas se agrupan y se etiquetan en redes sociales en internet. Casi al mismo ritmo con que se debilitan las instituciones y se reducen las grandes corporaciones mediáticas. Lo que es malo para la comunicación industrial de los grandes, puede ser una oportunidad para inventar medios alternativos y dar o tomar voz a esos grupos menores y comunidades ignoradas por la mainstream periodística global. 
¿Crece o disminuye el compromiso con los valores y la comunicación en cada uno de estos grupos conforme se va reduciendo la extensión mediática indiferenciada? (engagement, citas seleccionadas en tumblr) No por ser menos, más pequeños, los grupos ganan en autoridad y capital social de sus comunidades. Pero en esta interacción digital hay signos emocionales, manifestaciones de cierto compromiso, que apuntan a que se dan unas formas más interpersonales de comunicación. Aunque medien los móviles y la internet en más cosas, realizamos más y variadas comunicaciones con otras personas con las que intercambiamos como tales y no por afinidad comunal. Las organizaciones tienen un reto de ganarse esas comunidades entorno. Las intentan encerrar repitiendo los errores de portalización del crack 1.0. Los movimientos aúnan comunidades y siguen demandas publicitadas y en redes crecientes. Para responder a la pregunta del título habría que conseguir indicadores y medidas de temperatura en la compleja interacción que es comunicarse.  
Engagement Rate por Clara Ávila
He desarrollado otros apuntes para ese termómetro de la  influencia, no según la evolución de los públicos sino según las calidades de los discursos. Lo resumí tras unos ejemplos en otro post sobre recomendaciones en cascada, típicas en redes sociales.

Para dircoms y profesionales de la comunicación y el marketing que miran desde la comunicación de las organizaciones puede ser más claro Los públicos de las redes sociales.  Una anotación centrífuga de  la comunicación interna y centrípeta de las relaciones con grupos de interés y en la comunicación externa desde redes sociales y hacia medios de comunicación.

21 octubre 2015

imágenes que vemos, sentimos o leemos (momentos iconológicos)

Atraer, conmover y enseñar (texto didáctico que detalla los objetivos retóricos) son los términos con los que marcamos los ritmos del discurso desde aquella milenaria oratoria de nuestros mayores más barbados (movere, delectare, docere).
¿Tiene ritmos distintos la comunicación digital que vuela por redes sociales? No parece, a juzgar por las redes que más gustan, o por lo que suele ser más compartido. Se conserva el atractivo y la musicalidad en la actual popularidad del habla y de lo visual. Lo que no estoy seguro que recojan las métricas y analíticas de viejo cuño (post anterior). En los números no cabe la emoción y la temperatura de los sentimientos. Las interacciones necesitan cifras más complejas, aunque dudo que valgan tampoco derivadas, matrices o integrales.
Seguro que no es profesional la  comunicación que no cuente con unos mínimos datos de alcance, visibilidad, respuesta, abandono...  Pero sólo con la utilidad de visualizar el pasado reciente de una marca en una infografía y imaginar la proyección inmediata un DAFO. 

Así que ¡ojo al dato, que perdemos la comunicación! Quedamos sin las estrellas de la interacción, de las conversaciones, llorando el sol perdido en el BIG DATA. No perdamos de vista la inteligente y orientada estrategia de la más inmemorial retórica: entendernos, dialogar, con cuantos más mejor. El atractivo poético de la imagen queda atrapado en tierra de nadie cuando no llega a emocionar, si se apaga lejos de la persuasión, del convencimiento, de la diferencia. Es de todas/os conocido y sufrido cómo una mayoría de discursos periodísticos y publicitarios se disipan con la fugacidad de bengalas, poco después de mirar hashtags, fotos y titulares. A esa comunicación frustrada no le faltaba su puntito creativo... siempre dejaba algún  regustillo de funcional producción. Pero vamos, una amplia tónica general de anuncios y artículos que sí,  que llaman la atención y, en seguida, al poco, desenchufan del interés. No debe ser tan fácil, tan para cualquiera eso de la comunicación a la altura de la actual retórica digital.
Es posible que los medios y las organizaciones se creyeran el mito de la comunicación sólo con alguna soflama publicitaria. Pero según sus mismos números, padecen una grave ruptura retórica con las generaciones, con los públicos con unos alcances y tráficos languidecientes, o lo que es peor, crecientemente críticos. No perdamos de vista que la recepción y la información sólo componen un primer escalón o nivel en la más compleja interacción. Por eso son relativamente fáciles los números de ejemplares difundidos, de visionados comenzados. Pero la comunicación, con todas sus mayúsculas profesionales, tiene otras dimensiones retóricas menos cautivas: pretende compartir pasiones, sugerir e inducir concepciones colectivas.

 Estatua de Bruno Catalano en Francia
Pasamos a un segundo piso retórico cuando entramos en la comunicación de emociones, cuando revisamos megustas y retuits, con el detalle que merecen las interacciones complejas. Algo se enciende dentro cuando te mencionan "@menganita" empiezas el corto diálogo que de los chats, la mensajería o los tuits. No es diálogo en la cueva una interacción ocasional entre usuarios digitales de perfil bajo. Pero el efecto retórico que llega a cantidades industriales, mediáticas, cuando lo amplifica alguna notoriedad, cuando se dispara por la amplificación de esos mediáticos afamados o influencers. Repito que sería perder la perspectiva comunicativa si el efecto numérico perdemos el cualitativo numerador de esa cifra que son cada una de las personas con las que hablamos. La retórica, hoy también en parte digital, tiene otros efectos de autoconocimiento, de conservación de relaciones de ampliación de miras, de cohesión con otros colectivos. Esto no quiere decir que el "mensaje" que se difunde, se amplifica, se viraliza quede K constante al apropiarse y distribuirse. Quizá sorprenda una retórica que en sus formas más altas aspira a desaparecer, a reactivarse en un diferente y autónomo ciclo de distribución entre más gente diferente.

Desde que empezamos a escribir la Historia, con cada tecnología cultural despertamos la utopía de una industria de conocimiento para todos. En lo que el conocimiento compartido dependa de nuestra comunicación estamos más cerca con las mochilas digitales, los móviles y el resto de utillaje de conexiones  que siempre llevamos a cuestas.
La desinformación, el ruido, los algoritmos tecnológicos, una efímera e inconstante conexión son también tradición de los peores vicios retóricos que hoy se multiplican a nuestro alrededor. Nada más alejado de una comunidad que  el slacktivism, el ciberactivismo de click tan criticable como toda la historia de audiencias pasivas. Seguimos formando parte de tribus calladas, de generaciones sofronizadas por charlas pesadas, folletines basura, novelas de limpiahogares, audiovisuales para poco más que risas y consumo. Toda nuestra comunicación silenciada o repetida sobre prácticas rutinarias, semiconscientes, podría acumularse y difundir los más viejos mitos globale, aunque por canales digitales. No por conocida desmerece la respuesta de Nicholas Carr a ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? 

En el último piso de la interacción comunicativa podemos bajar y perder como personas gracias a la memoria por la que reconocemos. Al leer, más que aprender, reconocemos. O sea recordamos algo que sabíamos y nos volvemos a afirmar. Cuando nuestros hábitos retóricos, son exigentes y sanos, no perdemos información o capacidades. Pero todavía no es conocimiento colectivo al traducirse sólo en auto-refuerzo. Muchos usos digitales tienden a ampliar comunidades y pertenencias, pero en la misma orientación y convencimiento que traíamos desde nuestras culturas particulares. En el mundo digital estamos representando las diferentes iconologías de cada subcultura.
vista en 
despreocupadas, o subir a partir de eso que sentimos parecido mientras conversamos, cuando en la relación retórica pasamos a compartir aspectos, planos, miradas. Los conectivistas, en palabras del mismo @StephenDownes, son los últimos en la larga lista de asociacionistas. Junto a las emociones, afirman, nos relacionamos con otra/os,

Por más perfecta que llegara a ser la más profesional y la mejor comunicación jamás llegaría a reunirnos tras los más humanitarios y valiosos proyectos. La utopía tecnológica es tan limitada como la utopía educativa ilustrada. Una buena retórica digital intercambia sentidos y construye vías compartir vínculos, lazos de interés entre distintos colectivos. Tenemos la suerte de contar con iconologías abiertas y extendidas que recogen casos, experiencias y conocimientos compartidos con causas y movimientos sociales, a veces incluso muy extendidos. Pero este efecto comunitario de la colaboración simbólica reclama alguna iconología más interpretativa y profunda. Con la retórica de imágenes no sólo se ha conseguido una gran distribución personalmente ampliada. Conseguimos cotas de información y conocimientos compartidos que superan cualquier pasado, las ficciones más atrevidas. Pero eso ya es otro asunto, una iconología abierta, de la diferencia, y no tengo ni idea de cómo enfocar semejante asunto. Y tampoco se lo podemos preguntar a los maestros de oradores, ni a las escuelas de retórica.

14 octubre 2015

retóricas digitales, las nuevas lides

A los diseñadores de herramientas analíticas -un auténtico universo paralelo lleno de aplicaciones con métricas digitales- les vendrían bien unos minutitos leyendo dos o tres párrafos de Paul Ricoeur. 
Vale igual cualquier otra cita, siempre que explique por qué un texto no es sólo lo que encierran dos blancos semánticos, las paginas cosidas entre tapas duras. Quedarse en el objeto es un error de bulto sobre el texto y además nos incapacita para trabajar por él y con él.
Refiguramos cada texto, esculpe Ricoeur. Lo montamos y re-componemos a partir de sus fragmentos navegables, con el adobo de nuestra memoria y el sazonado de sensaciones durante la lectura-visionado. Hay muchos estudios sobre la recepción de obras literarias (años '70 en adelante) y estudios sobre la recepción de televisión y de otros medios de comunicación (a partir de los '80). Se trata de textos académicos que alargan cada obra cultural en sus etapas de lectura. Como los posts, hace décadas que completamos el sentido de los textos con las interpretaciones, en votaciones, en comentarios, en críticas, en antologías, en compartidos...

The power of Myth
Como dice el recepcionismo son las lectoras quienes alargan con otra vida una obra de arte, la literatura, el periodismo o las piezas audiovisuales. Sucesivas generaciones de espectadoras - lectores completan los explícitos textuales, estiran las insinuaciones, sugerencias y otros implícitos en los documentos más seguidos durante un tiempo.  [Cada generación tiene sus versiones: lost / afterwar generation, babyboomers, X gen, Y gen / milllennials, Z generation + wikipedia].
Las aportaciones a cada pieza leída e interpretada se recortan con el horizonte de interpretación más generalizado, según cada generación occidental u oriental (infografías que exponen estas generaciones). Así a grandes rasgos se puede simplificar cierto sentir común más extendido, la imagen percibida, de un texto en concreto. El texto del autor (propuesta poética, iconografía pretendida) se extiende a lo recibido como texto generacional (iconografía alcanzada).

Cada vez es más difícil identificar al crítico o gurú de renombre que sea el/la influencer seguro/a para un proyecto. Ya no son tan duraderos los éxitos publicitarios de la industria cultural. Por una parte se reduce el universo de la imagen, la iconografía se fragmenta. Y desde el punto del vista del tiempo, se acorta la duración de un éxito en el imaginario de un colectivo. En el mejor de los sentidos del término ese es el efecto retórico de un texto. El mejor final posible, que demuestra que hay "ars bene dicendi" (Cicerón). El alcance retórico del buen decir expresa la extensión de apropiaciones y la duración de la satisfacción sobre una simple propuesta poética. No era más que un proyecto de comunicación, todo lo intenso que se quiera, hasta que se distribuyó y enriqueció con los comentarios, memes.... Primero la poética entusiasma con la energía explosiva de los ritmos y las imágenes.  Pero no se consuma como arte hasta que se comunica en una retórica que le permite divulgar y reinterpretar sus imágenes. Lo expresan especialistas del crossmedia, de los medios ganados en redes y del transmedia, como Henry Jenkins.


El momento retórico de éxito devuelve las obras al procomún. Se inicia de nuevo la fase poética, la comunicación más artística, ahora con más amplitud social, con más implicados e influyentes en un proceso creativo que deja de ser individual y que va a renovar la pieza original en versiones, revisiones y en nuevas co-creaciones.

Quizá tenga razón J. Campbell al apuntar hacia unos extendidos mitos en  el núcleo imaginario de cada generación. La buena retórica sabe persuadir con argumentos convincentes introducidos por las más bellas imágenes y formas. La retorica industrial sería potentísima si fuera la principal responsable de la iconología dominante en cada generación.


Too Big to Know, describe David Weinberger (2011, 115) la ampliación digital de nuestras culturas:

Knowledge now lives in the messy web that has grown around it, the way life lives not in our neurons, bones, blood and marrow but in their connection.
Finally, if books taught us that knowledge is a long walk form from A to Z, the networking of knowledge may be teaching us that the world itself is more like a shapeless, intertwingled, unmasterable web than like a well-reasoned argument

A pesar de la concentración de canales y medios en pocos grupos de comunicación, la apropiación retórica de la información y de la cultura no es uniforme. Hay expectativas profesionales para la comunicación y las relaciones públicas. Son necesarios conocimientos y técnicas desarrolladas desde las antiguas retóricas para alcanzar una suficiente visibilidad en el macroambiente de multitudinarias imágenes fragmentadas y polidimensionales. Junto a la iconología dominante, signos de mentalidad de época, imaginario de generación, existen posibilidades y alternativas de interpretación de imágenes para comunidades o colectivos más pequeños y probablemente más relevantes que el BIG DATA.

Una auditoria de las lecturas internas, de su interés para determinados grupos y de los públicos más cercanos a la agenda de nuestro discurso debería ayudarnos como a los viejos oradores a preparar y ensayar nuestro discurso digital en esos escenarios de impacto donde se forjan la construcción local de lo colectivo.
La educación de los romanos mayores de 17 años

En este mismo blog se proponen auditorias para ser representadas en diagramas de tela de araña, de estrella o en infografías con base en un sólo público, varios públicos... y sobre todo como visualizaciones de una iconografía, de una dirección de imagen para construir o reforzar una marca. Se trata de saber cómo está y de representar el estado de una comunicación para proponer cambios o desarrollos hacia algunos grupos de interés o públicos. En el paso del discurso corporativo a la conversación con los clientes (marketing), con los medios (dircom) o en conversación abierta en redes sociales se produce el paso de la iconografía, de la construcción poética de una marca, a las arenas movedizas, móviles y portables de iconografía compartida y los sentidos autoriales o corporativos aceptados. Junto a las iconologías, a cómo nos ven, con las distintas percepciones de los stakeholders y de los grupos de interés cercanos al asunto social que nos convoca.

No está bien que el marketing de contenidos, el periodismo de marca o el content branding se centren en aspectos redaccionales o compositivos cuando se trata de conectar y dialogar con intereses ajenos y no siempre coincidentes con las propuestas clientelares. Desde luego que el trabajo de aunar y conseguir éxitos colectivos demanda profesionales formadas en el pasilleo lobbyista pero también en las más abiertas lides de las retóricas digitales.

Unas retóricas digitales que son interdisciplinares y exigen variadas competencias técnicas, entre las que destacan las expresivas visuales, las analíticas y las directivas que se ejercitan en comunicación.

01 octubre 2015

los tiempos de la iconografía

Como otros muchos conceptos claves de nuestro tiempo,  Iconografía es uno de esos términos castrados por la Historia. Definida por viejos gerentes, políticos y legisladores en su mayoría de la generación del Baby Boom, la iconografía según se entiende sólo mira hacia atrás. Y en los contados cuadros que se merecen una interpretación en profundidad (John Berger sobre la mirada en la autoconciencia de la mujer). Sólo esas selectas imágenes reconocidas como clásicas son dignas de una iconografía histórica. A ver, más imágenes tienen una historia.  Aunque se prefiera cortar a veces su cordón umbilical, no siempre puedes mirarla sin más. Venga de ascendencia digna -o no tanto-, cada composición carga con la notoriedad que tenga y con los significados que le sobrevuelan de antiguo y en su derredor donde se tejieron tribus, etnias, comunidades... Son tan pocas las estimadas dignas de recibir cierta atención auxiliar en algunos estudios historiográficos. Desde hace muchos siglos las humanidades y las ciencias sociales son más de letras que de imágenes. Por muy nucleares que hayan podido ser en la construcción de grupos humanos. 
Desde la antigüedad de las marcas,  también quedan rastros y sentidos pasados en la evolución gráfica y mediática de los logosímbolos corporativos, en los partidos, las empresas, las instituciones. Mantener una definición histórica, una descripción de enciclopedia en el actual mundo de imágenes móviles y ubicuas puede ser romántico, pero desde luego no es fácil ni parece posible por muy buenos profesionales que visualicen y comuniquen. Las tendencias y los cambios en los signos se ven en el gran formato de las marcas globales. Pero además se nota en los cambios de preferencia, de estilo entre los profesionales, en las imágenes de los profesionales del sector. Con la crisis institucional y corporativa, el sistema parece moverse más de prisa en las marcas personales. Podemos arrancar de una especialidad: relaciones públicas, creativas, responsables de comunicación digital, pero en seguida va a llevar un  adjetivo. Y durará lo que dure. 

En vez de fijarnos en estrellas y tiburones de la edad de oro y del dolar de la profesión, escuchamos más cada día a las generaciones digitales en torno al milenio. Dejando de lado la Historia de los imperios y de sus industrias de comunicación, cambiamos a una iconografía del presente. Los referentes fijos, las definiciones constantes se evaporan en sociedades más abiertos y menos trenzadas. Ni siquiera son estables sus cauces. Ene ste momento parecemos más atentos a las imágenes contemporáneas de Youtube o Instagram compartidas y retuiteadas. Dicen los críticos que los cuadros, las esculturas, incluso las buenas fotografía no pertenecen a las redes sociales. No se puede negar que hay muchos millones más en las plataformas compartidas. Y con muy alto valor personal y subjetivo. Dentro y participando de estas culturas visuales medimos además hoy el alcance social y la expresión de compromisos. No todo está entre las maderas del marco.
El análisis estético de las piezas de arte clásico, de la comunicación de las élites, de la depuración de la alta cultura ha permitido dar una profundidad interpretativa que enriquece el conocimiento de la imagen y lo que de ellas hemos recibido. 
También se separa de la iconografía clásica, a pesar del posible expresivo, extensión social y divulgación de sentimientos, la comunicación móvil que hacemos con instantáneas. Fijándonos en algunas, las de Aylan Kurdi, pueden estar cambiando -y esperemos que lo hagan aún más- el curso del presente. Los maestros antiguos con tiempo y atención educaron la mirada de sus contemporáneos y de las generaciones sucesivas convocadas por destellos de algunos críticos. Para la iconografía móvil pierde algo de interés la voluntad enunciativa frente a la apreciación personal y la apropiación colectiva de buenas imágenes o de simples memes. Las imágenes pasan a ser representaciones compartidas. Unas, con la solidez de aquellos símbolos matrices de las comunidades prehistóricas.  Otras, con la comunicación efímera de un meme chistoso que no vuelve al flujo del interés social en las redes conectadas.

Para profesionales de la comunicación hay también una iconografía "del futuro", la responsabilidad de dirigir el sentido de la imagen. En la medida de lo posible, en cuanto lo permite la libertad de la comunicación y de la interpretación que hacemos los humanos, tenemos que controlar lo que significamos y no ser una simple fuente de bromas. Ya se palpaban en las grandes obras de arte, en los frescos clásicos, ciertas intenciones de sentido político que superan el contexto original -mercenario tantas veces- de la imagen en cuestión. Quizá sea más difícil dar dirección de imagen a tantas fotos casuales y multitudinarias, entre la inmensidad de fotos azarosas que ya están compartidas y no se han borrado de internet.
Pero la comunicación profesional en organizaciones, o para la política y el mercado, tiene un primer plano de responsabilidad con las fotografías y flashes informativos que siguen o se desvían de una estrategia de comunicación, en el corazón mismo de un proyecto de barrio o empresarial. Hoy contamos con la cultura iconográfica y cada vez con más conocimientos de iconografía social, de las imágenes resultantes entre tanto meme, tantos anuncios en el caudal diario, horario, que llega a nuestro móvil. 
Para la dirección iconográfica no son importantes los influenciadores y posibles amplificadores, agentes de estructuras conectadas por un interés o una causa del momento. Descuentan los grupos que no interpretan las propuestas como quisieran sus diseñadoras. Siempre fue importante la imagen artística, pero junto a la gran imagen intercultural, también cambian el presente las imágenes conectadas, distribuidas por la globalidad de internet. Y en ellas las imágenes digitales se integran, de pleno derecho, en la historia y en la ciencia. Y obligan a que la iconografía tenga que seguir esa vida a saltos de las representaciones: desde sus situaciones históricas hasta su seriación y pervivencia en espacios y tiempos digitales que las convierten en imágenes distintas, pero compartidas. Cuando la reproducción y el compartir llevan una explicación o un texto acompañante es más fácil detallar la el curso que sigue una interpretación dominante: la imagen que ha dibujado finalmente la iconografía de una representación y de sus posteriores reproducciones o apropiaciones. 

Si se pudiera representar en un diagrama, la iconografía puede parecer una estrella ancha en el núcleo histórico (la base icónica que se recuerda) alargada en algunos brazos todavía reproduciendo ciertos sentidos mayoritarios en los medios y en las redes sociales. Las zonas de color son las generaciones de espectadoras, los públicos que contemplan o comparten esa marca.
Pero con algunas patas o brazos truncados, como en un sol azteca. La representación no se consolida en línea recta, sigue sus propios cauces en reinterpretaciones, justificadas o no, publicitadas o minoritarias... que redirigen la iconografía alcanzada, por lo menos hasta la fecha en que estamos realizando esta auditoria de imagen y tomando decisiones para el futuro del proyecto de llevar una representación a puerta en la que nos embarca el estado actual de la comunicación.

La ICONOGRAFÍA puede prestar criterios para análisis y evaluación de imágenes: desde sus fundamentos estético-históricos, por la iconografía social de la imagen móvil, hasta una iconografía estratégica de construcción y transformación social. En un eje temporal arranca del análisis en profundidad, al análisis de lecturas y distintas comunicaciones de imágenes publicadas y compartidas, hasta la dirección del branding y la comunicación de algún tipo de representación social. En el caso del portafolio, la perspectiva iconográfica evalúa la composición y el atractivo de la imagen protagonista en la maqueta presentada; el alcance y la comunicación en torno a las aportaciones más cualificadas; y finalmente, la orientación y coherencia de los contenidos hacia una determinada interacción profesional de algún modo visualizada.