16 noviembre 2006

3.- Alienación, incomunicación y fundamentalismo (Jacinto Choza)

Cuando no se es nadie y se está desesperado, por lo menos hay un punto de referencia al que se puede volver. A la antigua casa del padre, a los antiguos dioses, a la antigua lengua, al antiguo mundo. Pero cuando tampoco se puede porque todo eso no existe en el mundo real, sino solamente en el recuerdo, se es una mente sin hogar[1],

Ulises, mientras es vagabundo, sabe quién es porque la diosa Atenea le acompaña y le habla, Eneas sabe quien es porque lleva consigo a su padre Anquises y tiene presente que nació de Venus, el pueblo elegido sabe quién es en la cautividad de Babilonia porque los profetas les ayudan a rezar lejos de su templo y de su monte santo mediante su predicación.

La religión es el refugio de los vagabundos porque los dioses no viven en territorio amurallado, guardado por soldados fronterizos. Son la referencia segura porque están en el origen, más allá, están donde nace el origen, donde nace la luz, como se le repite a Job una y otra vez. Cuando los hombres se quedan suspendidos entre el cielo y la tierra, sin ningún punto de apoyo, no pueden recurrir a nadie:

“...y ya saben los astutos animales que no nos sentimos muy seguros en casa, dentro del mundo interpretado. Nos queda quizás algún árbol en la loma, al cual mirar todos los días; nos queda la calle de ayer y la demorada lealtad de una costumbre, a la que le gustamos, y permaneció, y no se fue. Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento lleno de espacio cósmico nos roe la cara.”[2]

No hay mundo, no hay lenguaje, no hay comunicación . ¿De qué mundo va a hablar, y con quienes?, ¿qué sentido tienen las acciones, las cosas, las palabras? ¿quiénes se lo dieron?, ¿cómo? Entonces los dioses brindan un refugio pobre, estrecho, casi inhóspito. Como los padres de los cuentos de Grimm que abandonan a los niños en el bosque porque no pueden alimentarlos, los dioses arrojan al mundo a unos hijos porque tampoco pueden darles de vivir, darles futuro.

El hombre, pobre, se crispa contra sus dioses, y quiere ser nada con ellos en un amor desesperado, deseando a veces la muerte, como en tantas ocasiones le ocurría a Ulises, o a los profetas. Una referencia desesperada a los dioses.

Yo no se quien soy, no soy nada, no soy nadie, pero el Dios de antes del origen y de después del futuro es mi Dios, y yo ahí soy yo.

El hombre entonces ensaya acciones que se refieren a más allá del origen y a más allá del futuro, en las que se juega la vida y con frecuencia la pierde.

Porque el futuro no es el territorio de los dioses propios. Es el territorio de los dioses ajenos, de las otras culturas, y es donde quiero y tengo que realizarme como hombre, en un mundo por completo ajeno a mi identidad.

Para ser yo mismo tengo que realizar acciones en un mundo en el que no soy nadie como siendo nadie, y a la vez tengo que mantenerme como elegido de los dioses de antes del origen y de después del futuro, como elegido de unos dioses completamente desconocidos y como incognoscibles en el mundo en que tengo que actuar.

¿A quién le puedo contar quién soy?, ¿quién me puede comprender?, ¿quién soy realmente? No se trata solo de una incomunicación con los demás, se trata, sobre todo, de una incomunicación con uno mismo, de estar incomunicado de sí mismo.



[1] P. Berger, Un mundo sin hogar (modernización y conciencia), Sal Terrae, Santander, 1979.

[2] R.M. Rilke, Elegías de Duino, Primera Elegía, versión de Jaime Ferrero Alemparte

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