16 noviembre 2006

2.- Formación humanística y éxodo. Universalismo y desarraigo (Jacinto Choza)

El acceso del individuo particular a la universalidad y al espíritu, ¿tiene que pasar necesariamente por el desarraigo? Podría decirse y pensarse que la formación humanística puede no ser traumática, o que no tiene por qué serlo. Pero, de hecho, los que conocemos en la cultura occidental como humanistas fueron disidentes en su propia cultura. Querían abrirse a otras culturas y no tuvieron más remedio que hacerlo porque vivían en otras culturas, y vivían en otras porque las suyas le resultaban estrechas u hostiles, o ambas cosas, porque les exiliaron. Con todo, la formación humanística podría no ser traumática, sino placentera y reconfortante.

En cualquier caso, siempre hay que salir de lo propio, porque lo propio siempre se queda pequeño. La infancia se le queda pequeña al adolescente, la adolescencia se le queda pequeña al joven, la juventud se le queda pequeña al adulto maduro, y la madurez se le queda pequeña al anciano.

Pero también puede ocurrir que lo propio se quede pequeño porque la estrecha relación entre las culturas ponga de manifiesto que la propia cultura es inferior las vecinas en el orden técnico, económico y científico, y que el espíritu que crece necesita para ampliarse el trasplante a ellas, el tránsito a una tierra de promisión, donde las posibilidades humanas propias y de los familiares se expanda.

Entonces se produce el éxodo, las migraciones, con grave riesgo de la propia vida, como ocurrió con Abraham y los suyos, Ulises y sus hombres, Eneas y sus acompañantes, y recientemente a Elia Kazan, “El rebelde de la anatolia”, a Fátima Mernisi y a Amin Maalouf y sus compatriotas.

Por diferentes y distantes que puedan parecer estos seis casos, hay similitudes entre todos ellos.¿Quiénes son esos fugitivos? ¿A donde van?

En épocas y culturas donde la identidad se establece por la ascendencia genealógica (apellidos) y por el lugar de nacimiento y residencia, un emigrante no es nadie, es un vagabundo, un pordiosero, un mendigo.

Los inmigrantes no son nadie. Nadie les espera en el sitio al que van, nadie puede dar razón de ellos. Tampoco saben si van a quedarse o van de paso. Son sombras, casi fantasmas.

Ulises dice de sí mismo que es nadie, y tiene que ganarse una identidad en el sitio al que llega, aunque sea un sitio al que vuelve. Y mientras tanto, habita en la desesperación del desarraigo.

Su mente se ha dilatado, es un hombre universal, su espíritu lo ha visto todo y, ¿lo ha comprendido todo? Comprende lo que son los humanos, pero ¿es eso lo que el hombre necesita máximamente, saber, conocerlo todo, recorrer el mundo, bajar a los infiernos y subir a hablar con los dioses? ¿No necesita más volver a casa?, pero ¿donde podría encontrar ahora su casa? Ulises la encuentra donde estaba, pero ¿y Abraham?, ¿y Eneas?, ¿y Abderraman?




Fuente (pro manuscrito): Jacinto Choza Armenta, comunicación intercultural, sevilla 2006

1. La cultura como medio comunicativo en la socialización primaria.

2.- Formación humanística y éxodo. Universalismo y desarraigo.

3.- Alienación, incomunicación y fundamentalismo.

4.- La recuperación de sí mismo en los derechos democráticos.

5- Nueva identidad verdadera y falsa. La realización del sí mismo en la comunicación.

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