21 octubre 2015

imágenes que vemos, sentimos o leemos (momentos iconológicos)

Atraer, conmover y enseñar (texto didáctico que detalla los objetivos retóricos) son los términos con los que marcamos los ritmos del discurso desde aquella milenaria oratoria de nuestros mayores más barbados (movere, delectare, docere).
¿Tiene ritmos distintos la comunicación digital que vuela por redes sociales? No parece, a juzgar por las redes que más gustan, o por lo que suele ser más compartido. Se conserva el atractivo y la musicalidad en la actual popularidad del habla y de lo visual. Lo que no estoy seguro que recojan las métricas y analíticas de viejo cuño (post anterior). En los números no cabe la emoción y la temperatura de los sentimientos. Las interacciones necesitan cifras más complejas, aunque dudo que valgan tampoco derivadas, matrices o integrales.
Seguro que no es profesional la  comunicación que no cuente con unos mínimos datos de alcance, visibilidad, respuesta, abandono...  Pero sólo con la utilidad de visualizar el pasado reciente de una marca en una infografía y imaginar la proyección inmediata un DAFO. 

Así que ¡ojo al dato, que perdemos la comunicación! Quedamos sin las estrellas de la interacción, de las conversaciones, llorando el sol perdido en el BIG DATA. No perdamos de vista la inteligente y orientada estrategia de la más inmemorial retórica: entendernos, dialogar, con cuantos más mejor. El atractivo poético de la imagen queda atrapado en tierra de nadie cuando no llega a emocionar, si se apaga lejos de la persuasión, del convencimiento, de la diferencia. Es de todas/os conocido y sufrido cómo una mayoría de discursos periodísticos y publicitarios se disipan con la fugacidad de bengalas, poco después de mirar hashtags, fotos y titulares. A esa comunicación frustrada no le faltaba su puntito creativo... siempre dejaba algún  regustillo de funcional producción. Pero vamos, una amplia tónica general de anuncios y artículos que sí,  que llaman la atención y, en seguida, al poco, desenchufan del interés. No debe ser tan fácil, tan para cualquiera eso de la comunicación a la altura de la actual retórica digital.
Es posible que los medios y las organizaciones se creyeran el mito de la comunicación sólo con alguna soflama publicitaria. Pero según sus mismos números, padecen una grave ruptura retórica con las generaciones, con los públicos con unos alcances y tráficos languidecientes, o lo que es peor, crecientemente críticos. No perdamos de vista que la recepción y la información sólo componen un primer escalón o nivel en la más compleja interacción. Por eso son relativamente fáciles los números de ejemplares difundidos, de visionados comenzados. Pero la comunicación, con todas sus mayúsculas profesionales, tiene otras dimensiones retóricas menos cautivas: pretende compartir pasiones, sugerir e inducir concepciones colectivas.

 Estatua de Bruno Catalano en Francia
Pasamos a un segundo piso retórico cuando entramos en la comunicación de emociones, cuando revisamos megustas y retuits, con el detalle que merecen las interacciones complejas. Algo se enciende dentro cuando te mencionan "@menganita" empiezas el corto diálogo que de los chats, la mensajería o los tuits. No es diálogo en la cueva una interacción ocasional entre usuarios digitales de perfil bajo. Pero el efecto retórico que llega a cantidades industriales, mediáticas, cuando lo amplifica alguna notoriedad, cuando se dispara por la amplificación de esos mediáticos afamados o influencers. Repito que sería perder la perspectiva comunicativa si el efecto numérico perdemos el cualitativo numerador de esa cifra que son cada una de las personas con las que hablamos. La retórica, hoy también en parte digital, tiene otros efectos de autoconocimiento, de conservación de relaciones de ampliación de miras, de cohesión con otros colectivos. Esto no quiere decir que el "mensaje" que se difunde, se amplifica, se viraliza quede K constante al apropiarse y distribuirse. Quizá sorprenda una retórica que en sus formas más altas aspira a desaparecer, a reactivarse en un diferente y autónomo ciclo de distribución entre más gente diferente.

Desde que empezamos a escribir la Historia, con cada tecnología cultural despertamos la utopía de una industria de conocimiento para todos. En lo que el conocimiento compartido dependa de nuestra comunicación estamos más cerca con las mochilas digitales, los móviles y el resto de utillaje de conexiones  que siempre llevamos a cuestas.
La desinformación, el ruido, los algoritmos tecnológicos, una efímera e inconstante conexión son también tradición de los peores vicios retóricos que hoy se multiplican a nuestro alrededor. Nada más alejado de una comunidad que  el slacktivism, el ciberactivismo de click tan criticable como toda la historia de audiencias pasivas. Seguimos formando parte de tribus calladas, de generaciones sofronizadas por charlas pesadas, folletines basura, novelas de limpiahogares, audiovisuales para poco más que risas y consumo. Toda nuestra comunicación silenciada o repetida sobre prácticas rutinarias, semiconscientes, podría acumularse y difundir los más viejos mitos globale, aunque por canales digitales. No por conocida desmerece la respuesta de Nicholas Carr a ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? 

En el último piso de la interacción comunicativa podemos bajar y perder como personas gracias a la memoria por la que reconocemos. Al leer, más que aprender, reconocemos. O sea recordamos algo que sabíamos y nos volvemos a afirmar. Cuando nuestros hábitos retóricos, son exigentes y sanos, no perdemos información o capacidades. Pero todavía no es conocimiento colectivo al traducirse sólo en auto-refuerzo. Muchos usos digitales tienden a ampliar comunidades y pertenencias, pero en la misma orientación y convencimiento que traíamos desde nuestras culturas particulares. En el mundo digital estamos representando las diferentes iconologías de cada subcultura.
vista en 
despreocupadas, o subir a partir de eso que sentimos parecido mientras conversamos, cuando en la relación retórica pasamos a compartir aspectos, planos, miradas. Los conectivistas, en palabras del mismo @StephenDownes, son los últimos en la larga lista de asociacionistas. Junto a las emociones, afirman, nos relacionamos con otra/os,

Por más perfecta que llegara a ser la más profesional y la mejor comunicación jamás llegaría a reunirnos tras los más humanitarios y valiosos proyectos. La utopía tecnológica es tan limitada como la utopía educativa ilustrada. Una buena retórica digital intercambia sentidos y construye vías compartir vínculos, lazos de interés entre distintos colectivos. Tenemos la suerte de contar con iconologías abiertas y extendidas que recogen casos, experiencias y conocimientos compartidos con causas y movimientos sociales, a veces incluso muy extendidos. Pero este efecto comunitario de la colaboración simbólica reclama alguna iconología más interpretativa y profunda. Con la retórica de imágenes no sólo se ha conseguido una gran distribución personalmente ampliada. Conseguimos cotas de información y conocimientos compartidos que superan cualquier pasado, las ficciones más atrevidas. Pero eso ya es otro asunto, una iconología abierta, de la diferencia, y no tengo ni idea de cómo enfocar semejante asunto. Y tampoco se lo podemos preguntar a los maestros de oradores, ni a las escuelas de retórica.
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