05 enero 2009

cultura en la convergencia tecnologica

Una imagen domina las charlas sobre convergencia, y acaba en una única caja negra (Black Box Falacy). No se está dando, coincido con Henry Jenkinses la unificación tecnológica en un solo dispositivo, para cualquier necesidad de información o comunicación que tengamos. Se ha impuesto lo contrario. Cada vez más cacharros digitales llenan salones, despachos y habitaciones. Lo que no quita que en esa variedad de dispositivos converjan prácticas comunicativas y editoriales, nuestras rutinas preferidas como usuarios. La convergencia de prácticas no es tanto una convergencia tecnológica como convergencia cultural. Conforme se abaratan los aparatos, más cercana podía estar la mentada globalización cultural. Ya hay signos de acercamiento cuando repetimos usos y prácticas en variadas tecnologías estáticas o en los pequeños que portamos con nosotros.

Además del código digital, nuestra actividad cultural tiene al menos otra característica diferente a las de culturas anteriores. Se trata de culturas más populares, en el sentido de hechas por más gentes. Y en próximos años pueden ser hechas por muchos millones más, de mantenerse el ritmo de adopción de tecnologías en países de otros mundos, si los precios de los dispositivos y el acceso al ancho de banda consiguen la globalización de aparatos.

Hasta el siglo pasado, al hablar de cultura pensábamos en mucha gente, pero no tanta. Nuestra idea de cultura viene de esos antropólogos que buscaban el nexo que mantiene unida una sociedad. Ese complejo y oculto saber compartido podía ser la razón básica de la convivencia en un territorio y por un tiempo. En contraste con ésta extendida idea de cultura encontramos que las culturas digitales son, por una parte más extensas incluso, y más intemporales, que las culturas de masas. Por otra parte, no parece sencillo establecer qué y cuánto es compartido en el entrelazamiento digital.

Los contenidos digitales son más variados, casi únicos o personales muchas veces. Sin embargo esta aparente pluralidad inmensa de contenidos no compone grupos más débiles. No son prácticas menos sociales, ya que se publican, se pueden encontrar en la red. En estas rutinas personales aparecen gustos y aficiones comunes que llevan a desarrollar una intercomunicación intensa y temporal, a veces con miles de fans como los de o de Gran Hermano, o los de Survivor, que analiza Henry Jenkins en Convergence Culture. Siguiendo también a Pierre Lévy cuando expone la inteligencia colectiva como distinta de la inteligencia o saber compartido, Jenkins expone que en las culturas digitales se comparten rutinas, con conocimientos y experiencias similares que se acomodan y corrigen en grupos. Pero no tienen un claro mínimo común denominador universal como el que suponían los antropólogos, en la versión coloquial de la cultura clásica.


Postpost: Cuando Jenkins publicaba estas páginas repasaba este debate académico en su blog, November 27, 2006, Collective Intelligence vs. The Wisdom of Crowds.
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