27 septiembre 2005

Lejos de la dialéctica, la retórica y la política

En las lecciones iniciales se encuentran los fundamentos que muchas veces se olvidan o contradice el devenir de los cursos. Cuando nos remontamos a los grandes de la Atenas de hace 25 siglos reafirmamos la congruencia de nuestras raíces culturales, la pervivencia de la tradición.
Si para los mayores la comparación exigía conocer y asimilar, para los más jóvenes supone un nuevo descubrimiento y una sorpresa, dados los estilos y los modos tan diferentes en que vivimos.
El paralelismo entre la retórica y la comunicación actual exige la doble inmersión en el universo científico griego y en los esfuerzos actuales por una nueva conceptualización.
Junto a otras maneras de verla, se puede decir que, la retórica ocupaba su campo de experiencias, de reglas y de principios de comunicación, con la lógica, la diáléctica y las artes creativas de un lado, y la ética y la política de otro.
En un plano (logos) se relacionan los principios del conocer y del decir, hasta que la universidad medieval separa y empieza a especializar las distintas artes liberales.
También suelen reunir los clásicos otros aspectos del decir con el convencer o persuadir (pathos). En toda la tradición que formó a los oradores y escritores.
Los asuntos y los géneros de los discursos también han tenido numerosas e importantes relaciones con los sentidos del bien y de la negociación social en las comunidades urbanas antiguas (ethos).
A partir de la fragmentación cultural, que acentúa nuestra época postindustrial, hablar de estas relaciones dentro y entre la dialéctica, la retórica y la política, al menos exige paciencia, para acercarse a cada uno de los dominios, y una destacada capacidad de síntesis, para no dejar en el camino tanto compañero de viaje.
En este caso, aunque la erudición no garantiza la calidad, facilita la situación en aquel universo complejo que nuestros mayores intentaron ordenar.
Prefiero dejara aquí la identificación de estas claves culturales, antes que lanzarme a sugerentes, y no siempre adecuados, paralelismos con las instituciones educativas, comunicativas y políticas que heredaron nombres y funciones.
Ya no se trata de instituciones congruencia con alguna visión del mundo, al menos en la formulación de algunos. Ni siquiera se identifican con facilidad los principios por los que rigen sus actividades y prácticas.
Además de mención acostumbrada, los clásicos deberían servir para un ejercicio periódico de reflexión y crítica. Al menos, por amortizar la dignidad de la herencia.
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